Hoy he tenido una clase con un profesor mexicano que nos hablaba del disfrute en la experiencia del turista. Lo representaba con un gráfico. En el eje de abcisas las etapas del viaje (plan, reserva, salida, viaje y regreso). En el eje de ordenadas el nivel de disfrute del turista a lo largo de estas etapas. Era curioso descubrir que el punto más alto de satifacción se daba en el periodo de reserva y en la salida. A medida que se desarrollaba el viaje el nivel de satisfacción decrecía. No me lo creo mucho y me parece simplificar demasiado las cosas pero me ha servido para pensar.
Noto a mi alrededor que cada vez más la gente quiere coleccionar experiencias. Rápido, sin descanso, sin que importe demasiado el fin o la sabiduría ganada, sin espíritu crítico. Hoy en día para ser interesante (o parecerlo) tienes que tener un listado de mil cosas que has hecho, mil sitios que has visitado, mil personas que has conocido. Cuantas más en el menor tiempo, mejor. Si tienes 20 años y has estado en los cinco continentes, has subido en globo, has participado en una orgía, has comido cerebros de mono y has recorrido la Gran Muralla China a la pata coja...eres guay.
Mentira cochina. Hace años que descubrí que nada tiene que ver la intensidad de la vida de una persona con lo atractiva o interesante que me pueda resultar. A veces la belleza está en lo simple.
Yo he coleccionado experiencias, es verdad. Pero no quiero convertirme en un almacén de viejos recuerdos que poder contarle a mis nietos. Quiero sacar cosas en limpio de mis aventuras. Quiero vivir sabiendo que lo estoy haciendo para mejorar, aprender a ser selectiva y aprender a decir que no. O que sí. Pero decirlo con criterio. Porque no todo vale, ni todo es divertido por el simple hecho de ser nuevo. No necesito probarlo todo para saber que habrá cosas que no me gusten.
Estoy harta de conocer gente con una vida repleta de historias y vacía de contenido. Y esa gente no me interesa. Nada de nada. Ni para un café, oye.
BESOS